Carteles

               [pintores para anunciar a Cristo]

2002 | Andrés Alén
Con la pintura que Andrés Alén realiza para difundir la Semana Santa de 2002 la Tertulia Cofrade Pasión logra colocar su particular pica Flandes. Se inicia, y de qué manera, la apuesta decidida por la pintura. Atrás queda la etapa de la fotografía y, a partir de este año, serán distintos artistas los que vayan dejando su impronta en el arte de la cartelería procesional.

Alén es, ante todo, un pintor poderoso. Su sorprendente capacidad creativa se plasma en una extensa obra que toca infinidad de maneras y formas, tendentes casi siempre hacia la abstracción o adentradas plenamente de ella. Pero Alén no es un trasgresor. Provoca mucho más con la palabra que con la pintura sin pinceles. Y el reto de hacer un cartel sobre una celebración que conoce como pocos no podía ser si siquiera lugar para intentarlo. Tenía que ceñirse a dos palabras: Pasión y Salamanca. A partir de ahí entraba en juego su creatividad.

La obra que presenta Alén para la edición del cartel, a base de tintas y ceras, con incorporaciones matéricas, está muy en la línea de sus estampas silentes, si bien ahora, por eso de ser para un cartel, define un poco más líneas. Para los avezados en la Semana Santa salmantina el motivo está muy claro. Son los penitentes de hábito monacal que en la tarde del jueves santo salmantino acompañan a su Cristo del Amor y la Paz en larga y silenciosa  marcha penitencial.

El eje de la composición está señalado por la cruz, que acentúa visualmente el discreto colorido para dar realce al motivo fundamental, que es el Cristo. El desplazamiento de este eje hacia la izquierda, que deja dos tercios del espacio hacia el otro lado, se compensa magistralmente con el travesaño horizontal de la cruz, que ocupa la mitad del cartel, y la mole insinuada de las catedrales salmantinas, colocada estratégicamente para conseguir la serenidad y equilibrio que trasmite en su conjunto la composición.

Y la parte inferior es, sencillamente, magistral. Las primeras capuchas aparecen más definidas, pero a medida que la perspectiva se hace círculo, las evanescencias bicromáticas del difuminar céreo nos llevan a percibir un Cristo rodeado de sus cofrades, que algún momento ya no se distinguen de los árboles que crecen en la ribera del Tormes. La fusión de personajes y naturaleza da lugar a una especie de concavidad que, a modo de cáliz, acoge en su interior y proyecta hacia lo alto la cruz de ese Cristo que el día del amor fraterno se hizo eucaristía. Mención aparte merecerían los discretos colores empleados. Son colores serios, como la estepa de la tierra salmantina, acordes con la sobriedad de nuestras procesiones. Blancos y negros en el marco general y ocres para el crucificado. Nada más. Los matices se logran con los frotamientos y las inclusiones matéricas a base de papelillos absorbentes con una textura reticular.

Con este cartel Alén rinde homenaje a su hermandad, a la Semana Santa y a la ciudad que le vio nacer y que tantas veces ha representado en su obra. La indiscutible genialidad de este creador prolífico y poderoso sirve para inaugurar una colección de carteles que, solo con el tiempo, podrá apreciarse en su verdadera dimensión.

Francisco Javier Blázquez Vicente, historiador


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